Israel despues de las elecciones 2013 TODO IGUAL O PEOR

La pregunta es quien puso el dedo en el gatillo para sacarlo del gobierno?

La pregunta es quien puso el dedo en el gatillo para sacarlo del gobierno?

Aun no se sabe como se armara el gobierno pues no es tanto un problema de ideologia sino de intereses y de fuerza relativa. Este texto que me llego hoy, leer con paciencia de arriba abajo y luego de abajo arriba.

Los Políticos 
Nosotros cumplimos con lo que prometemos.
Sólo los necios pueden creer que
no lucharemos contra la corrupción.
Porque si hay algo seguro para nosotros es que
la honestidad y la transparencia son fundamentales
para alcanzar nuestros ideales
Demostraremos que es una gran estupidez creer que
las mafias seguirán formando parte del gobierno como en otros tiempos
Aseguramos sin resquicio de duda que
la justicia social será el fin principal de nuestro accionar.
Pese a eso, todavía hay idiotas que fantasean – o añoran – que
se pueda seguir gobernando con las mañas de la vieja política.
Cuando asumamos el poder, haremos lo imposible para que
se acaben las jubilaciones de privilegio  la célula viva y los negociados.
No permitiremos de ningún modo que
nuestros niños mueran de hambre..
Cumpliremos nuestros propósitos aunque
los recursos económicos se hayan agotado.
Ejerceremos el poder hasta que
Comprendan desde ahora que
Somos la ‘nueva política’.
Ahora léelo de abajo hacia arriba
No dejare de traer otras notas interesantes, despues de las elecciones. Me remito a los viejos de la tribu, sus opiniones mas que valederas.

El triunfo del miedo sobre la esperanza

 

Las elecciones israelíes han concluido, tal como estaba previsto,  con el triunfo del bloque derechista, en su versión más cruda o en la camuflada, encabezado por el partido Likud con Netanyahu y Lieberman a la cabeza.  A grandes rasgos, las elecciones israelíes no han revelado nada nuevo que no supiéramos de antemano. Por el contrario, han corroborado procesos sociológicos que vienen perfilándose  desde hace ya tiempo y, para ser honestos, debemos reconocer que son el  desenlace ineludible e inevitable de la gradual erosión de principios éticos-morales que afecta a la sociedad israelí y que la ha llevado  a un callejón sin salida, en el mejor de los casos, o a una pendiente que acaba en un precipicio, en el peor.

Las elecciones han sido en realidad un plebiscito entre dos alternativas: “democracia”  u “ocupación”, y el país ha votado por continuar la ocupación, algunos por convicción (el Likud y el partido nacional-religioso); otros, por inercia (el partido que se autodenomina “de centro” liderado por el periodista Yair Lapid, a quien mi gran amigo Daniel Blubstein ha definido acertadamente como “un sujeto sin predicado”). La ironía es que a través de un mecanismo democrático, Israel ha optado por constituirse en una “etnocracia”, en la cual las libertades y el poder estan restringidos a un grupo especifico de la sociedad, y solo aquellos que pertenecen al grupo étnico israelí goza de sus beneficios, mientras que los palestinos  tendrán que conformarse con las migajas que el gobierno está dispuesto a arrojarles. Un país con más de tres millones de palestinos bajo ocupación militar no tiene ninguna posibilidad de ser democrático, ya que no se puede ser una “democracia a medias”: democracia para israelíes y régimen militar para palestinos.  Esto va más allá de una mera elección entre partidos políticos. Lo que ha estado en juego en estas últimas elecciones tiene raíces más profundas y para captar toda su dimensión habrá que ubicarlas en el contexto de la confrontación larga y tendida llevada a cabo entre tendencias militaristas, cada vez más arraigadas, frente a  concepciones humanistas, cada vez más debilitadas. El militarismo ha ganado las elecciones y los mayores favorecidos han sido los colonos ocupantes de las tierras palestinas, que representan la esencia de la cultura militarista y han convertido a este país en un fortín militar. Se han salido con la suya, y hay que reconocer que son dignos de admiración por la astucia que han demostrado, trabajando sistemáticamente, paso a paso, con suma cautela, en un plan estratégico destinado a copar las primeras filas del  partido Likud al igual que los más altos rangos en el ejército, dominando de esa manera puestos estratégicos tanto en el gobierno como en las fuerzas armadas.

La derecha ha vuelto a ganar las elecciones porque “las derechas” florecen donde proliferan miedos y fantasmas. Este ha sido, poéticamente hablando, el triunfo del miedo sobre la esperanza. Nada mejor que un par de amenazas, reales o imaginarias, y mejor aun si vienen con barba negra y una kaffiah,  para reclutar votantes, acallar opositores, conducir las masas a las urnas como  corderos al matadero, ciegos, horrorizados dispuestos a votar por cualquier general retirado que prometa, “en nombre de los millones asesinados en el Holocausto”, bombardear a todo aquel que se atreva a mirar a Israel de reojo.  Que buena suerte  ha tenido Israel  un par de meses atrás, cuando el Hamas cayó en la trampa  y comenzó a disparar misiles que sirvieron de pretexto para iniciar una operación bélica para consumo interno, destinada a  fortalecer la derecha en las elecciones que se avecinaban. Si Hamas no existiera, el Likud hubiera debido inventarlo, ya que junto con Ahmadinieyad, Hezbolá o la Jihad Islámica han sido la mejor carta jugada por el Likud durante su campaña electoral.  La izquierda ha perdido porque en la estructura mental israelí, se hace más fácil asustar que esperanzar, dado que el temor es un reflejo condicionado, mientras que la esperanza, requiere todo un proceso cognitivo de auto-convencimiento que exige un esfuerzo intelectual, representaciones mentales optimistas, convicciones, imaginación, creatividad, flexibilidad. Todo este esfuerzo es demasiado abrumante para el israelí y por ello, abraza al derechismo, siempre más convincente, adaptable, sencillo  y atractivo.

Y con el miedo viene también el fatalismo. El gran éxito de la derecha israelí consiste en haber inculcado y convencido a la sociedad israelí de que no hay ninguna posibilidad de llegar a un acuerdo de paz con los palestinos.  Obviamente, para quien no cree en la posibilidad de llegar a un acuerdo, lo más natural es votar por la derecha y no por aquellos que aspiran a lo imposible.  Si no existe acuerdo posible,  lo único que resta es vestir la armadura, enfundar la espada y salir a luchar contra aquel que se cruza en nuestro camino.  Dicha conjetura es fácilmente creíble, ya que encaja con los contenidos estudiados en los cursos de historia en los que la historia hebrea es una seguidilla de persecuciones, desde la Inquisición y los progroms hasta el Holocausto.  De ahí la naturalidad con la que el joven israelí traza un paralelismo entre aquellas persecuciones  y la actualidad. Al tema palestino hay que encasillarlo en algún marco de referencia y nada más fácil que en la casilla del antisemitismo latente. Nada más simple que manipular los hechos e investirlos de tal manera que el joven israelí vea a los palestinos  como un capítulo más  en la larga tradición trazada por los antisemitas a lo largo de toda la historia.

El laborismo israelí no está exento de crítica. No han faltado errores tácticos y estratégicos que lo han llevado al lugar al que ha llegado.  De alguna manera podríamos decir que el laborismo se ha ganado con honestidad el desdén de las masas por falta de integridad política.  La narrativa derechista no habría calado tan profundamente si el laborismo, en su afán de llegar al electorado flotante, no hubiera adoptado, aunque parcialmente, el discurso derechista nacionalista, incluyendo una mala predisposición a negociar con el lado palestino. El laborismo se ha desfigurado en aras de reclutar algunos votos mas de ese amplio electorado que hasta último momento dudaba por quién votar. Sin embargo, aunque quisiéramos ser condescendiente con esa maniobra electoral, no debemos olvidar que una mentira repetida insistentemente puede llegar a convencer incluso al mismo transmisor y, a estas alturas de los acontecimientos, ya no está claro en este discurso que es táctica y que refleja tendencias enraizadas en el laborismo.  De todas formas, ya sea por motivos tácticos o estructurales, la línea laborista ha legitimado el discurso derechista y, si de nacionalismo se trata, el pueblo prefiere votar por la versión original y no por la copia.

Dónde nos equivocamos

Pero el naufragio de la izquierda va más allá del fiasco laborista.  Algo en el proceso de trasmisión está fallando y esa falla no está situada en el campo discursivo, sino en los procesos emocionales que entran en juego cuando tratamos de llegar al pueblo.  No hemos logrado generar vínculos emocionales y empatía,  ni hemos logrado brindar un marco de pertenencia con el cual el pueblo se sienta identificado, gratificado  El derechismo ha logrado penetrar en el área de la identidad, y acomodarse en su estructura psíquica, porque ofrece una respuesta total que, más que convencer, alivia esta sensación, que en palabras de Lacan, denominaremos “el goce”, y que era exactamente lo que el pueblo precisaba. El nacionalismo cumple una función primordial y brinda satisfacción, tranquilidad, seguridad, “goce”.  La respuesta  nacionalista  se instaló en la estructura misma de la psiquis colectiva del pueblo, y en ese estrato es precisamente donde esta insertada la raiz del apoyo masivo a las políticas de derecha y, por lo tanto, ahí está la llave para producir cambios estructurales. Hemos subestimado la dimensión afectiva. Nuestra campaña electoral estaba basada en “argumentos”, mientras que lo que se necesitaba eran “sentimientos”. De tanto “racionalismo” no le hemos dado espacio a las fuerzas irracionales que actúan en el inconsciente colectivo del pueblo, hemos desestimado el peso de las pasiones en la construcción de las posturas políticas. Yannis Stavrakakis, psicoanalista lacanianano, escribe que el problema de la izquierda no radica en la falta de argumentos o propuestas – “el déficit no es epistemológico, sino afectivo” y agrega: “la inversión libidinal y la movilización del  goce son prerrequisitos necesarios para el establecimiento de toda identificación sostenible” (1). La conclusión  es que debemos vincularnos con el pueblo a un nivel más afectivo, abrir espacios de activismo, ofrecer marcos de referencia, dar más lugar a activistas de campo, superar el estilo patronista académico, y apuntar a aspectos básicos de identidad, sin los cuales, estamos destinados a fracasar.

Ahora resta esperar la próxima escalada bélica. Todas las condiciones para su estallido están dadas: en el lado israelí, hay demasiados pirómanos para una región tan inflamable; en el lado palestino, demasiada desesperación para un pueblo tan maltratado.  La irritación ha llegado a tal grado de ebullición que cualquier chispa producirá el estallido, y en esta región sobran motivos para que salten las chispas.  Lo único que podría evitar una escalada de violencia es la intervención extranjera. Israel ya a dicho lo suyo, y la parte sensata del mundo debe ahora decidir si permitirá que Israel arrastre a todos a una escalada sangrienta, o si pondrán fin a esta tragedia.  El conflicto palestino-israelí   ha dejado de ser  un ‘conflicto local’  para pasar a ser un conflicto global que al explotar sus esquirlas llegarán a todas las costas del Mediterráneo.

Notas: (1) Yannis Stravrakakis, La Izquierda Lacaniana- psicoanálisis, teoría, política,  México, 2010, (pág. 317)

Meir Margalit es concejal en el ayuntamiento de Jerusalén por Meretz, co-fundador del ICAHD y miembro del Consejo Editorial de Sin Permiso

 

 

Hacia el centro

 

Fue la noche de los optimistas.

El martes a las 22:01, un minuto después de que las urnas fueron selladas, los tres programas de noticias de televisión anunciaron los resultados de las encuestas a pie de urnas.

Las predicciones de los pesimistas no se habían cumplido y se las llevaba el viento. Israel no se había vuelto loco.

No se ha movido a la derecha. Los fascistas no se han hecho con la Knesset. Binyamin Netanyahu no se ha fortalecido. Al contrario.

Israel se ha movido hacia el centro.

No era un momento histórico decisivo, como la victoria de Menachem Begin en 1977, después de dos generaciones de gobiernos del Partido Laborista. Pero fue un cambio significativo.

Todo esto después de una campaña electoral sin contenido, sin pasión, sin ninguna emoción perceptible.

El día de las elecciones, que es un día festivo oficial, mire varias veces por la ventana, por encima de una de las principales calles de Tel Aviv. No había el menor indicio de que algo especial estaba pasando. En las elecciones anteriores, la calle estaba llena de taxis y autos particulares cubiertos con carteles de partidos, llevando a los votantes a los colegios electorales. Esta vez no vi uno solo.

En la mesa electoral, estaba solo. Pero la playa estaba llena. La gente se había llevado a sus perros y los niños a jugar en la arena bajo un sol de invierno brillante, los barcos de vela salpicaban el mar azul. Cientos de miles de personas se dirigieron a Galilea o el Negev. Muchos de ellos habían alquilado un zimmer (curiosamente usamos la palabra alemana para una habitación con cama y desayuno).

Pero al final del día, casi el 67% de los israelíes habían votado – más que la última vez. Incluso los ciudadanos árabes, la mayoría de los cuales no votaron durante el día, de repente se despertaron y abarrotaron las mesas electorales durante las últimas dos horas – después de que los partidos árabes colaborasen en una campaña masiva de movilización de sus votantes.

Cuando las encuestas a pie de urnas fueron publicadas, los dirigentes de media docena de partidos, incluyendo Netanyahu, se apresuraron a hacer discursos de victoria. Unas horas más tarde, la mayoría de ellos, incluido Netanyahu, parecían tontos. Los resultados reales cambiaron el panorama poco, pero lo suficiente para algunos como para arrebatar la derrota de las fauces de la victoria.

El gran perdedor de la elección es Binyamin Netanyahu. En el último momento, antes del inicio de la campaña, unió a su lista con la de Avigdor Lieberman. Eso lo hizo aparentemente invencible. Nadie dudaba de que iba a ganar, y ganar a lo grande. Los expertos le daban 45 escaños, frente a los 42 de las dos listas en la Knesset saliente.

Ello le hubiera situado en posición de escoger socios de coalición (o, mejor dicho, sirvientes para su coalición) a voluntad.

Terminó con apenas 31 escaños – la pérdida de una cuarta parte de su fuerza. Fue una bofetada. Su principal lema electoral fue: “Un líder fuerte y un Israel fuerte”. Fuerte no más. Todavía se convertirá en primer ministro otra vez, pero como una sombra de su antiguo ser. Políticamente está cerca de su fin.

Lo que queda de su facción representa una cuarta parte de la próxima Knesset. Eso significa que va a ser una minoría en cualquier coalición que sea capaz de organizar (necesita 61 miembros como mínimo). Si se resta la gente de Lieberman, el Likud tiene sólo 20 escaños, sólo uno más que el verdadero vencedor de estas elecciones.

El verdadero ganador es Yair Lapid, quien sorprendió a todos, especialmente a sí mismo (y a mi), con unos increíbles 19 escaños. Eso hace que su fracción sea la segunda más grande en la Knesset, después de la de Likud-Beitenu.

¿Cómo lo hizo? Bueno, tiene un aspecto joven y apuesto y un lenguaje corporal de un presentador de televisión, que de hecho fue durante muchos años. Todo el mundo conoce su rostro. Su mensaje consistía en lugares comunes, lo que no molestó a nadie. Aunque ahora tiene casi 50 años, era el candidato de los jóvenes.

Su victoria es parte de un cambio generacional. Como Naftali Bennett a la derecha, atrajo a los jóvenes que están hartos del viejo sistema, los viejos partidos, las viejas y trilladas consignas. No buscaban una nueva ideología, sino una nueva cara. Lapid fue el rostro más apuesto que encontraron.

Pero no puede pasarse por alto que Lapid en el centro venció a su más cercano competidor por los votos jóvenes; y Bennett en la derecha. Aunque Lapid no defienda una ideología, Bennett hizo todo lo posible para disimular la suya. Lapid se paseó por los pubs de Tel Aviv, se presentó como un hombre de la calle (el que les gusta a todas las mujeres) buen tipo, cortejado por jóvenes laicas y liberales.

A lo largo de la campaña, Bennett parecía ser la estrella ascendente en el firmamento político, la gran sorpresa de estas elecciones, el símbolo del giro fatal de Israel a la derecha.

Hubo otra similitud entre los dos: ambos trabajaron duro. Mientras que los otros partidos apoyaron su campaña principalmente en la televisión para llevar su mensaje, Lapid “aró” el país a lo largo del año pasado, construyó una organización, habló con la gente, atrajo a grupos de fieles seguidores. Lo mismo hizo Bennett.

Pero al final, cuando los jóvenes tuvieron que elegir entre los dos, él o ella no pudo pasar por alto el hecho de que Lapid pertenecía a un Israel democrático, liberal y estaba comprometido con la solución pacífica de los dos estados, mientras que Bennett era un defensor a ultranza de los colonos y del Gran Israel, enemigo de los árabes y de la Corte Suprema de Justicia.

El veredicto de los jovenes fue inequívoco: 19 para Lapid, sólo 12 para Bennett.

La mayor decepción fue la de Shelly Yachimovich. Estaba absolutamente segura de que su rejuvenecido Partido Laborista se convertiría en la segunda mayor fracción en la Knesset. Incluso se presentó como una posible sustituta de Netanyahu.

Tanto ella como Lapid se beneficiaron de la enorme protesta social del verano de 2011, lo que sacó de la agenda la guerra y la ocupación. Incluso Netanyahu no se atrevió a sacar el ataque a Irán y la ampliación de los asentamientos. Pero al final, Lapid se beneficio más que Shelly.

Pareciera como si el haberse concentrado en la justicia social fue un error para Shelley.  Si hubiera combinado su plataforma social con la agenda de Tzipi Livni de negociaciones de paz, quizás hubiera podido satisfacer su ambición y formar la segunda fracción más grande.

La derrota de Tzipi- sólo 6 escaños – es lamentable. Se unió a la refriega sólo hace dos meses, después de muchas vacilaciones, que parecen ser su marca registrada. Su inquebrantable concentración en el “acuerdo político” con los palestinos – no “paz”, Dios no lo quiera – iba a contracorriente.

Las personas que realmente quieren la paz (como yo) votaron a Meretz, que puede presumir de un éxito rotundo, doblando su fuerza de 3 a 6 escaños. Esa también es una característica llamativa de estas elecciones.

Al parecer, un gran número de judíos dieron su voto al mayoritariamente árabe partido comunista Hadash, que también se fortaleció.

Todo se resume en dos números: 61 escaños para el bloque de la derecha religiosa, 59 para el bloque de centro-izquierda-árabe. Un solo escaño podría haber hecho toda la diferencia. Los ciudadanos árabes podrían fácilmente haber elegido ese miembro.

Me di cuenta de que los tres canales de televisión enviaron sus equipos a cada una de las sedes de los partidos judíos, incluyendo aquellos que no superaron la barrera del 2% (como, gracias a Dios, la lista kahanista religioso-fascista), pero a ninguna de los tres partidos árabes.

Por acuerdo tácito, los árabes fueron tratados como si realmente no existieran. La izquierda (o “centro-izquierda”, como prefieren ser llamados) los relegó a ser parte del “Bloque de bloqueo”, los que pueden bloquear la capacidad de Netanyahu para formar una coalición. Los árabes mismos no fueron consultados.

Lapid se deshizo del “bloque de bloqueo” rápidamente. Prestó poca atención a la idea de que podía estar en el mismo bloque con Hanin Zuabi (o con cualquier otro partido árabe, para el caso.) También desechó la idea de que tenía ambición de ser primer ministro. No está preparado para ello, sin experiencia política alguna.

Aun cuando el “bloque de bloqueo” no se materializará, será muy difícil para Netanyahu formar una coalición.

La perspectiva de una coalición puramente de derecha ha desaparecido. Es imposible gobernar con sólo 61 escaños, (aunque inicialmente Netanyahu podría intentar formar una coalición tan pequeña, con la esperanza de añadir más adelante otros partidos.) Va a necesitar a Lapid, quien se convertiría en una figura central en el gobierno. De hecho, Netanyahu le llamó una hora después de que las urnas se cerrasen.

En cualquier caso, Netanyahu necesitará a uno o más de los partidos de centro, por lo que el próximo gobierno será mucho menos peligroso.

¿Cuál es la lección de estas elecciones?

El bloque de la derecha religiosa perdió las elecciones, pero el “centro-izquierda” no las ha ganado, porque no podía presentar un candidato creíble para primer ministro, ni un partido alternativo creíble de gobierno con un proyecto sólido e integral para la solución de los problemas fundamentales de Israel.

Para crear una nueva fuerza alternativa, es absolutamente vital la integración de los ciudadanos árabes en el proceso político como socios con plenos derechos. Al mantener a los árabes marginados, la izquierda se está castrando. Una nueva izquierda judío-árabe, un proyecto común de lenguaje político y de intereses, debe ser creado: y este acto de creación debe comenzar ahora mismo.

La batalla por Israel no está perdida. El “giro a la derecha” en Israel se ha bloqueado y está lejos de ser inevitable. Nosotros, los israelíes no estamos tan locos como parecemos.

Esta batalla ha terminado en empate. La próxima ronda se puede ganar. Depende de nosotros.

Uri Avnery es un escritor israelí y un veterano activista por la paz de Gush Shalom.

Traducción para www.sinpermiso.info: Enrique García

Cuantos leen estos textos? Cuantos encuentran relacion entre estos textos politicos, las elecciones y el gobierno con la falta de camas en los hospitales, con que nos envian a atender esta epidemia de gripe en la medicina privada. Muy pocos, lamentablemente

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Acerca de yossimay1949

uno mas que quiere dejar sellos
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